28 ene. 2009

Cuando un secuestrado sale libre…


Uno no sabe qué es peor, si estar secuestrado, o dejar de estarlo. Está próximo a salir otro grupo de secuestrados (confiamos que el domingo), de los inhumanos y precarios campos de concentración que aún mantienen en la selva la guerrilla. Y desde ya me empiezo a preocupar por la suerte que puedan correr esos 6 hombres.

No propiamente porque vaya a ser una operación malograda (aunque uno nunca sabe), sino porque me temo que con esos hombres se va a repetir la misma historia que han vivido aquellos que después de mucho tiempo abrazaron la libertad.

La escena ya nos la sabemos: una recepción eufórica en el aeropuerto, una mano tendida por el Presidente que eleva inmediatamente el opinómetro de su arrogante popularidad, unos teatrales noticieros sensibleros y hambrientos por rasguñar alguna ‘chiva’, y una marcha solidaria por las calles. Todo eso tan humano, tan bueno y tan sincero, como preámbulo para, finalmente, dar el más preciado regalo que sabemos dar los colombianos luego del folclor del momento: una patada en el trasero.

Tenemos encoñada esa manía vergonzosa de ser humanitarios de momento, de cambiar nuestros sentimientos tan fácil como se cambia uno de calzoncillos, y amamos a los secuestrados un día y al siguiente, cuando la intimidad de la selva empieza a ser revelada, los odiamos, los sometemos a las mordaces lenguas de la farándula política y los sentamos en el banquillo de nuestros perversos prejuicios.

La suerte la corrieron Pinchao, de quien decían (decíamos) que era un títere del gobierno; el gracias a Dios hoy Ex – canciller, Fernando Araujo, a quien tildaron (tildamos) de ser un hombre muy bueno pero también muy torpe; Luis Eladio Pérez por salir de la selva como todo un antiuribista, Géchem por salir no tan masacrado como pensábamos y llegar como el más ambicioso y desconsiderado, pelando el cobre ante la pobre Lucy que lo esperó con estoicismo; cayó también en la picota Clara Rojas porque dizque estaba medio loca y se dejó llevar por la carne (que es la misma aquí, allá o acullá, y siente igual tanto en la selva como en el cemento); juicio a Lizcano por impulsar un estímulo para el guerrillero que le puso fin a su secuestro; y diatribas varias contra Íngrid Betancourt por no aprovechar al máximo su poder mediático para sacar al resto y, por el contrario, quedarse esperado un Nobel que no le es merecido.

Y no entiendo por qué ese giro sintomático. Si es que ellos no son dioses, ni héroes ni titanes, son simplemente hombres y mujeres de carne y hueso que se hicieron famosos por el infortunado destino. Entonces no les pidamos nada, por favor, no todos tienen que salir con la bandera de la paz. Respetémosle su intimidad y dejemos que hagan con su vida lo que a bien quieran, mientras nosotros hacemos con la nuestra –ya que no estamos privados de la libertad- una aventura más amena. Eso sí, todos los que salgan se merecen un aplauso del mundo y especialmente de los colombianos.

Que sea pronto que salgan todos. Crucemos las manos, mas no los brazos.