17 jun. 2010

El peor día de mi vida, estoy Emo


Me siento mal, terrible. Como nunca antes. Me pasé toda la noche llorando, acurrucado en una esquina del cuarto, los codos sobre las rodillas, las manos trenzadas sobre la coronilla y la cabeza gacha, enterrada. Hecho una mierda. Quisiera decir que es a causa de las elecciones del domingo, que de antemano preveo serán un desastre y la indignación me durará 4 años, u 8, quién lo sabe. Pero no, no es eso lo que me tiene tan mal. Incluso, creo que de esa pérdida electoral lograré recuperarme (o acostumbrarme, que viene siendo lo mismo) y seguir con mi vida hacia adelante.

Lo que me está sucediendo, y empezó apenas ayer, es algo muchísimo más grave. Cuál grave: ¡gravísimo! Ya llamé al doctor Williams (quien me hizo una inútil regresión para dejar el cigarrillo y el alcohol en 2 horas, de eso ya hace 3 meses de guayabos), le escribí al parapsicólogo Armando Martí (el guía ese medio chimbo que asesoró al ex fiscal Iguarán), busqué en las páginas amarillas en la sección de psiquiatras, pedí cita con el Taita Floro para una toma intensiva de yagé y hasta llamé al profesor Salomón, pero en esa línea nadie me contesta, nadie. Embustero Salomón, falso, me abandonas en mi peor momento emo.

El caso es que nadie me da respuesta. Les escribo a ustedes porque ya no sé qué más hacer, a quién acudir y hasta puede que con ustedes encuentre la luz que necesito para salir de estas tinieblas. Señores, señoras, señoritas: AYER ESTUVE DE ACUERDO CON URIBE. Sí, aterrador, yo sé, apocalíptico. Deben condenarme por fariseo, quemarme por faltón, he vendido mis principios y mi cabeza no soporta tal contradicción.

Dijo Uribe que César Gaviria era un “oportunista” y un “miserable”. Y sí, le atañe toda la razón, aunque me siento incómodo asintiendo. También le dijo que era un “canalla y un cobarde”. Y sí, también le doy toda la razón. Criticó su pésimo gobierno; y es que quién no. Claro, le faltó decirle que hablaba con voz de helio, que era un tonto, un tontín, un mariquita y un remedo de bobalicón. Pero esto último no lo dijo él, lo digo yo. Es que palabras tan duras sonarían muy mal en boca de un presidente como Uribe tan centrado y tan decente. Eso no.

Haber coincidido con Uribe, repito, me está haciendo daño, aunque ustedes no alcancen a imaginarse cuánto. Y como si fuera poco este calvario, viene Gaviria a responderle que “su gobierno (el de Uribe) era un verdadero asco”. ¡Dios mío, sálvame! No puedo soportar estar de acuerdo, al mismo tiempo, con dos cafres tan opuestos, dos bribones en orillas contrarias. Me estoy enloqueciendo. Mi mamá, que es uribista, aconseja internarme. Mi papá, que es santista, contrató unos primos para golpearme y se me quite la bobada. Nadie me entiende.

Uribe no se puede ir de este gobierno coincidiendo conmigo en algo, aunque sea algo mínimo. Debe irse usando su maquinaria para posicionar a Santos, completamente ungido al cuidado de sus huevitos. Irse, en resumen, despertando todas mis diatribas y maldiciones. Porque a eso me acostumbró: a malquererlo y no respetarlo. Y no como ahorita, al borde de su despedida, generando conmigo esa empatía que significa atacar a Gaviria. Uribe malo, pao-pao-pao.

Si ya todos sabíamos que Gaviria iba ser un oportunista hincándose a los pies (o garras, eso no sé) de Santos, para recibir parte de la tajada estatal y además montar a su hijo Simón Gaviria (otra frustración en mis afectos, junto con Vargas Lleras) como presidente de la Cámara, pues Uribe para qué se pone, como dice López: deje así…. usted no es quién, señor Presidente, para ser vocero de mis opiniones.

Y Gaviria, para rematar, resume en su voz de vuvuzela desafinada lo que siempre consideré era el gobierno de Uribe: “un asco”. A mí que no me confundan, necesito tener plenamente identificados a mis contrarios. Por eso ruego encarecidamente a todos que voten este domingo por Juan Manuel Santos, necesito salir de esta confusión y entre más eficientemente logre focalizar mi veneno, más pronto llegará mi recuperación. ¡Help me! O les juro que me mato.

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